Vínculos comunitarios y voluntariado de proximidad

En los países de nuestro entorno se ha producido “un cierto redescubrimiento de las iniciativas sin ánimo de lucro y la importancia de los vínculos comunitarios en el desarrollo de las políticas sociales” (Zalakain, 2013: 210). Cabe señalar tres factores en el surgimiento de esta tendencia (ibídem: 210-211):

  • Las señales de agotamiento detectadas en los servicios públicos tradicionales, y la demanda de modelos más flexibles, ágiles y adaptables a requerimientos, expectativas y necesidades diversas.
  • La creciente insuficiencia de las políticas sociales ―debido a su excesivo hincapié en la austeridad― para responder a las necesidades de importantes sectores de la población.
  • Las posibilidades de comunicación e interacción introducidas por las tecnologías de la información.

La presente entrada se aproxima a este fenómeno, describiendo sus características, la posición adoptada por las políticas públicas y los resultados de este tipo de programas. Para ilustrar esta tendencia, se han elegido tres buenas prácticas dirigidas, respectivamente a otros tantos colectivos que son objeto de intervención desde este enfoque: personas mayores (
Quartiers solidaires), niños/as con problemas sociales (Positive Peerkultur ‘Gemeinsam statt einsam’) y familias en riesgo (Mütterzentren).

Nuevo localismo y voluntariado de proximidad

De forma similar a lo ocurrido en otros muchos aspectos de las políticas sociales, las entidades de voluntariado y las instituciones públicas han tendido en los últimos años a potenciar el trabajo a pequeña escala. Este enfoque se ha implementado apoyándose en estructuras de base territorial, fundadas muy a menudo sobre modelos de autoayuda comunitaria que buscan implicar directamente a la ciudadanía en el abordaje de los problemas sociales que afectan a sus comunidades. La comunidad, entendida de modo intuitivo como aquel espacio de relaciones que se sitúa entre la familia y el conjunto de la sociedad, ha sido reivindicada así como un ámbito muy apropiado para retejer los vínculos que aseguran la cohesión social, amenazados por la tendencia hacia el individualismo que caracteriza nuestra época. Y dado que las relaciones comunitarias se desarrollan fundamentalmente en el municipio, y en especial, el barrio, éstos se han convertido en espacios preferentes donde se desarrollan muchas iniciativas sociales impulsadas por la ciudadanía.

Sobre todo en el Reino Unido, estas iniciativas parten de la idea de un nuevo localismo que implica no sólo una descentralización de las competencias hacia los ayuntamientos, sino también de éstos a la propia ciudadanía. La idea central de este impulso a la participación ciudadana es la de que administraciones y ciudadanía deben implicarse conjuntamente en la resolución de los problemas que afectan a los barrios y a las personas que viven en ellos. Desde esta perspectiva, se enfatizan las capacidades de la ciudadanía, se refuerzan de los vínculos comunitarios y se revaloriza el potencial de los saberes locales para optimizar las intervenciones (Coote, 2011, cit. en Zalakain, 2013: 212).

Junto con la dimensión local o territorial, el voluntariado constituye un elemento crucial de estos enfoques, en la medida en que se basan en la implicación voluntaria de la ciudadanía en la acción comunitaria. Se ha desarrollado así un modelo de voluntariado de proximidad, en el que son las propias personas y recursos de la comunidad ―el vecindario, los comercios, las asociaciones, los recursos públicos existentes en los barrios― los que se autoorganizan para dar respuesta a algunas de las necesidades (de acompañamiento, de cuidado, de formación) a las que los servicios públicos no suelen llegar.

En el terreno del voluntariado también se observa una tendencia a fórmulas de voluntariado que, por definirlas de alguna forma, podrían llamarse voluntariado ‘de persona a persona’, en el sentido de que implican una relación más directa entre la persona voluntaria y la persona usuaria, y una menor intervención de las estructuras de la entidad: grupos de autoayuda, intervenciones de pares, fórmulas de tutoría o padrinazgo, y los modelos ―más conocidos― de acogimiento familiar voluntario son ejemplos de este tipo de intervenciones. Su denominador común es que la acción voluntaria tiene una base fundamentalmente individual, con relaciones personales de mayor intensidad y mayor autonomía de acción por parte de la persona voluntaria, y que la dependencia respecto a la organización es menor.

Iniciativas ciudadanas y políticas sociales

Estudiar detalladamente el encaje de lo comunitario en el entramado de las políticas sociales excede los objetivos de este capítulo, pero sí cabe describir a grandes rasgos dos de los modelos más conocidos implementados en Europa en los últimos años: la Big Society británica y el Secondo Welfare italiano.

A partir del concepto de Big Society, el Gobierno británico puso en marcha en 2010 una vasta estrategia para alentar los proyectos de desarrollo comunitarios de escala local impulsados por entidades sin ánimo de lucro. Esta política, que alcanzó su máximo esplendor entre 2010 y 2013, en un contexto de amplios recortes en los servicios públicos, ha sido duramente criticada. Hay quienes han cuestionado las medidas como una mengua de la capacidad de la Administración de intervenir en lo público, como una transferencia al tercer sector de la responsabilidad relativa al bienestar social y como una amenaza para aquél, que podría perder su carácter espontáneo, informal y comunitario. Considerando además la negativa a transferir más fondos al tercer sector, también se han visto como un intento neoliberal de desmantelar el Estado y ocultar que la crisis no se debe a un Estado demasiado grande, sino a un sector financiero sobredimensionado (Coote, 2011, Corbett y Walker, 2013, cit. en Zalakain, 2013: 212).

Es preciso notar que estas críticas se refieren a políticas concretas y, que nadie parece cuestionar la pertinencia de que la Administración aliente y refuerce de forma proactiva las iniciativas ciudadanas. En este sentido, Colin C. Williams y Jan Windebank (2000) señalan la importancia que, para los hogares con menos ingresos, tienen los intercambios que se dan en el marco de los proyectos comunitarios, y reclama una mejor articulación entre estos programas y las prestaciones económicas. Fernando Vidal (2014: 25), por su parte, defiende que el Estado debe favorecer los proyectos comunitarios, pues producen un capital simbólico imprescindible ―junto con la movilidad social ascendente― para atajar las desigualdades y avanzar así hacia la justicia social.

A diferencia de la Big Society, el Secondo Welfare italiano es una iniciativa liderada por entidades sociales y académicas, no por el Gobierno, y por eso se ubica más en el terreno del debate que en el de la práctica. Mientras que la Big Society pretende sustituir los servicios públicos, el Secondo Welfare aspira a complementarlos y recalibrarlos. Persigue un Estado más ligero en términos de estructura y costes, pero mejor equipado en términos de capacidad institucional.

El Secondo Welfare se define como una combinación de protección social y programas de inversión social que no son financiados por el Estado, sino promovidos por una amplia gama de actores económicos y sociales, vinculados a los territorios y las comunidades locales, pero abiertos a alianzas y colaboraciones translocales (incluyendo la Unión Europea). Propone reforzar los servicios locales, de base territorial, centrándose preferentemente en los nuevos riesgos sociales. Aboga también por un modelo de universalidad progresiva, huyendo del desmantelamiento del Estado social y buscando su modernización y reorientación, mediante la innovación y el empoderamiento.

El carácter incipiente de este movimiento, unido al hecho de que haya surgido y crecido al margen de los poderes públicos, hace muy difícil determinar sus efectos y transcendencia. Entretanto, el Secondo Welfare puede considerarse un ejemplo más del interés por remodelar o transformar las políticas sociales en términos de mayor proximidad y flexibilidad, así como de potenciar participación social y empoderar a la ciudadanía.

Resultados

Al margen de los agentes que tomen la iniciativa de impulsar el enfoque comunitario en la intervención social, los estudios realizados ponen de manifiesto la utilidad de los programas concebidos con este enfoque, los cuales, si están adecuadamente diseñados y desarrollados, contribuyen a empoderar a las comunidades y llevan a la práctica la idea de una ciudadanía activa. Una reciente evaluación elaborada por Crisp et al. (2016) sobre iniciativas de enfoque comunitario para atajar la pobreza en el Reino Unido concluye que estas experiencias tienen una incidencia positiva real, aunque circunscrita sobre todo a los aspectos “no materiales” (salud, bienestar, vivienda —disponibilidad, calidad, seguridad— y entorno físico, participación social) y limitada en cuanto al volumen de personas beneficiarias.

[icon name=»certificate» class=»fa-lg fa-pull-left»]Buena práctica (I): Quartiers solidaires (Suiza)

Mejorar la integración y autodeterminación de las personas mayores en su entorno es el objetivo fundamental de Quartiers solidaires, un programa de intervención comunitaria creado en 2003 por Pro Senectute en el cantón suizo de Vaud. Actualmente 20 profesionales, 200 entidades y 400 habitantes están implicados en su desarrollo, y en sus actividades participan 7.000 personas.

La iniciativa persigue a animar a la gente, especialmente a las personas mayores, a influyan en su entorno, mediante la puesta en marcha de sus propios proyectos y de acuerdo con sus necesidades, deseos y recursos. El proyecto opera a través de ‘animadores de proximidad’, que impulsan diagnósticos comunitarios y dinamizan los proyectos locales en función de las necesidades detectadas. El proyecto no cuenta con una metodología cerrada, sino que fomenta el acompañamiento personalizado y la autoorganización (Pro Senectute Vaud, 2015).

La evaluación del proyecto (Ettlin y Ruflin, 2013) concluye que es eficaz y que consigue sus objetivos en mayor o menor medida: fomento de la autodeterminación de las personas mayores, mejora de los barrios en su conjunto y mejor conocimiento de las necesidades de las personas mayores a escala municipal, entre otros.

[icon name=»certificate» class=»fa-lg fa-pull-left»]Buena práctica (II): Positive Peerkultur ‘Gemeinsam statt einsam’ (Alemania)

‘Acompañado en lugar de solo’ es un proyecto de asesoramiento entre iguales (peer counseling) que se lleva a cabo entre niños y jóvenes con problemas sociales. Fue diseñado en 2002 en el Instituto de Pedagogía de Rehabilitación (Instituts für Rehabilitationspädagogik) de la Universidad de Halle (Alemania), pero hoy día se lleva a cabo también en otras localidades alemanas −entre ellas, Berlín y Múnich−, y también en el estado de Baden-Wurtemberg. Persigue dos tipos de objetivos:

  • Generales: promover el intercambio comunicativo, fortalecer la autopercepción y la percepción de otras personas, crear experiencias de respeto mutuo y fomentar el aprendizaje de estrategias de resolución de problemas.
  • Educativos: desarrollar redes relacionales entre el alumnado, transmitir un código de conducta ético, fomentar una identidad corporativa del centro educativo, y promover la participación y la autonomía.

El proyecto pone en práctica el concepto de cultura positiva de pares (positive peer culture), propuesto en los años setenta por los psicólogos estadounidenses Larry K. Brendtro y Harry H. Vorrath. Según esta teoría, niñas, niños y jóvenes, independientemente de sus propios problemas, tienen la capacidad de apoyar a otras personas de su edad. Trabajando en grupo, son capaces de comportarse de manera adecuada para con sus compañeros/as, desarrollarse socialmente y responsabilizarse de sí mismos/as. La idea es que cuando un niño ayuda a otro, aumenta su seguridad en sí mismo. El método de trabajo ayuda a los participantes a sentirse aceptados y a desarrollar la confianza en otras personas.

El proyecto consiste, concretamente, en enseñar a niñas y niños a utilizar técnicas de resolución de problemas y de escucha activa, a través de talleres en los que adoptan diferentes papeles: solicitante de ayuda/asesoramiento, receptor de ayuda/asesoramiento y moderador/a. Para ello, se forman grupos de 6 a 10 niños/as o jóvenes, que se juntan cada semana. El alumnado se apunta a los talleres de manera voluntaria, si bien en algunos casos el profesorado recomienda participar en el programa. Los encuentros siguen un protocolo que describe cómo preparar la habitación y cómo llevar a cabo las discusiones. Los encuentros siguen siempre un mismo orden: saludo y presentación de las reglas de conversación, propuesta de los temas que se pueden tratar, selección de tema, abordaje y recopilación de consejos, finalización y comentarios.

Durante los talleres abordan cuestiones ‘difíciles’, que requieren ser resueltas o comprendidas. Esto permite a las y los participantes darse cuenta de que a su alrededor hay personas en situaciones idénticas o similares, y los/as ayuda a sentirse parte de un grupo. Los temas más frecuentes son las dificultades en el entorno familiar, los problemas con compañeros/as de colegio y experiencias bonitas; las cuestiones puramente educativas son abordadas con poca frecuencia. Suele tratarse de problemas que necesitan ser resueltos o comprendidos. Los pares tratan de ayudarse mutuamente para resolver las dificultades que puedan surgir. En cuanto a las reglas de conversación, queda prohibido ridiculizar, interrumpir, molestar y difundir información fuera del grupo.

Al inicio del proyecto, los adultos participan también como moderadores ‘modelo’. No obstante, esta tarea termina siendo asumida por los participantes en los talleres. En el caso de los talleres de Halle, también tomó parte alumnado voluntario de la universidad.

[icon name=»certificate» class=»fa-lg fa-pull-left»]Buena práctica (III): Mütterzentren (Alemania)

Los Mütterzentren o centros para madres tienen una doble finalidad: brindar una oferta educativa y de asesoramiento para madres basada en los principios de autoayuda; y fomentar nuevas relaciones vecinales, funcionando como ‘sala de estar’ para el barrio. El primer local abrió sus puertas en 1980 en Salzgitter (Alemania), por iniciativa de Hildegard Schooß, en colaboración con el Instituto Alemán de la Juventud (Deutsches Jugendinstitut). El modelo se extendió rápidamente primero por todo el país y después por el extranjero. Ha llegado a haber más de 400 centros en Alemania y decenas más repartidos por veintidós países de Europa, América, África y Asia. Los centros alemanes están unidos en una red nacional (Der Bundesverband der Mütterzentren e.V.), y otra red agrupa a los centros de todo el mundo (Mother Centers International Network for Empowerment).

La participación social, la autogestión y la responsabilidad propia constituyen los tres principios organizativos básicos de todos estos centros, cuyas actividades y funcionamiento se diferencian mucho de una localidad a otra (para garantizar cierta uniformidad, se ha creado un sello de calidad). Las actividades ofertadas, que son gratuitas, persiguen formar, facilitar la conciliación entre vida laboral y familiar, potenciar la maternidad/paternidad, integrar a las personas mayores, o fomentar la inclusión y participación de todas las personas. En algunos centros, existe una especie de banco del tiempo donde se intercambian servicios de atención a personas mayores, cuidado de niños/as o formación. Estos servicios, además de suponer un respiro para las familias, favorecen las relaciones vecinales.

Todos los centros cuentan con una cocina/cafetería, donde se preparan comidas y cafés, y que sirve como espacio donde se desarrollan muchas de las actividades que se organizan. Suelen ofrecer también escuelas de padres, servicio de ludoteca (con préstamo de juguetes) y, a menudo, una tienda de segunda mano. Niñas y niños son siempre bienvenidos, y de hecho, una de las funciones de los centros es hacer de guarderías informales. No obstante, son las necesidades de las madres las que priman a la hora de organizar las actividades.

Los centros son gestionados por las propias madres, que tienen estatus de expertas en materia de familia (los hombres pueden participar, pero son las mujeres quienes se responsabilizan de la gestión). Están basados en principios democráticos, y se trata de organizaciones horizontales, donde una misma madre desempeña diferentes papeles: puede dirigir una actividad un día y, al día siguiente, participar de forma más pasiva. Es habitual que haya personal remunerado, aunque las cantidades entregadas son más bien simbólicas (5-10 €/hora). Esta remuneración se emplea como forma para ir acercando a algunas madres al mercado laboral ordinario. Al margen del personal remunerado, hay una o varias personas que ejercen de anfitrionas.

Aunque los centros surgieron como respuesta a necesidades individuales y locales, muchos se han involucrado en debates sobre problemas sociales que afectan a sus usuarias, actuando en ocasiones como ‘grupos de presión’ en materia de política social, en general, y de políticas familiares, en particular. A lo largo de los años, también han sido lugares de encuentro donde discutir cuestiones de actualidad, como la energía nuclear o el racismo.

Los resultados de una amplia encuesta entre usuarias realizada en 2013 (Mütterzentren Bundesverband e.V., 2015) muestran un alto nivel de satisfacción. Los centros eran percibidos como lugares abiertos, donde las mujeres se sentían tratadas como iguales. Se consideraba además que favorecían el encuentro intergeneracional, contribuían al desarrollo personal, y que ayudaban a mejorar las relaciones sociales, resolver problemas y a relajarse. El informe señala también que el 44% de las usuarias encuestadas utilizaban el centro cinco veces o más por semana, y un 46% eran usuarias desde hacía más de seis años.

Hildegard Schooß (Lenz, 2008) señala que la mayor fortaleza de este modelo reside en que los centros para madres tratan a los/las usuarios/as como un recurso, y no como una fuente de problemas, potenciando de esta manera las fortalezas y las habilidades de cada persona. La organización horizontal contribuye a un fácil entendimiento del proceso de toma de decisiones y fomenta la participación.